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Full text of "Fluctuaciones económicas prehispánicas en la cuenca del río Balsas, México"

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O 2014 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23: 3-30. ISSN 1989-4104. http://www.laiesken.net/arqueologia/. 


FLUCTUACIONES ECONÓMICAS PREHISPÁNICAS 
EN LA CUENCA DEL RÍO BALSAS, MÉXICO 


Prehispanic Economic Fluctuations 
in the Balsas River Basin, Mexico 


Pascual Izquierdo-Egea 


Laboratorio de Arqueología Teórica, Graus, España 





Figura 1. Mapa de Mesoamérica. El círculo señala la zona estudiada en la cuenca del río Balsas, México. 


RESUMEN. Aplicando el método de valoración 
contextual al análisis del registro funerario de la 
cuenca del río Balsas, México, podemos aislar las 
fluctuaciones económicas y los cambios sociales pre- 
hispánicos codificados en la composición de los 
ajuares mortuorios. Entre los relevantes resultados 
obtenidos, destaca que el colapso de las antiguas 


civilizaciones mesoamericanas —Teotihuacan, Mon- 
te Albán o la maya clásica— aparezca perfectamente 
reflejado en las ofrendas de los entierros del perio- 
do Clásico Tardío. 


PALABRAS CLAVE: fluctuaciones económicas, 
prehispánicas, río Balsas, México, cambios sociales, 


Recibido: 18-6-2014. Modificado: 6-7-2014. Aceptado: 7-7-2014. Publicado: 7-7-2014. 





Editor/Publisher: Pascual Izquierdo-Egea. Todos los derechos reservados. All rights reserved. Licencia/License CC BY 3.0. 


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ISSN 1989-4104 





desigualdad social, conflictividad, colapso, Meso- 
américa, Teotihuacan, Monte Albán, mayas. 


ABSTRACT. By applying the contextual valuation 
method to the analysis of the mortuary record in the 
Balsas River basin, Mexico, we can isolate the pre- 
hispanic economic fluctuations and social changes 
encoded in the composition of grave goods. Among 
the relevant results obtained, highlights that the col- 
lapse of ancient Mesoamerican civilizations (Teoti- 
huacan, Monte Alban and the Maya Classic) appears 
perfectly reflected in the offerings of Late Classic 
burials. 


KEYWORDS: Economic fluctuations, Prehispanic, 
Balsas River, Mexico, Social changes, Social ine- 
quality, Conflict, Collapse, Mesoamerica, Teotihua- 
can, Monte Alban, Maya. 


INTRODUCCIÓN Y OBJETIVOS 


OS ENTIERROS DEL ÍNFIERNILLO EN LA CUENCA DEL 

río Balsas (Michoacán-Guerrero),' en el Occi- 

dente de México (fig. 1), ofrecen una oportu- 
nidad excepcional de comprobar en tierras america- 
nas la validez de una metodología científica hasta 
ahora probada con éxito en numerosos cementerios 
antiguos europeos, localizados principalmente en Es- 
paña y Francia. A ese objetivo fundamental de esta 
investigación? se une el propósito de demostrar si los 
acontecimientos mesoamericanos prehispánicos más 
relevantes pudieron quedar codificados en el regis- 


l La extensa presa del Infiernillo (fig. 2) se encuentra en la 
cuenca del río Balsas, cuyas aguas bañan principalmente los 
actuales estados mexicanos de Guerrero y Michoacán, concre- 
tamente en la zona donde el río Tepalcatepec confluye con el 
Balsas, el cual desemboca posteriormente en el océano Pacífi- 
co. La reserva de la biosfera Zicuirán Infiernillo incluye parte 
de la misma. 

2 La idea de aplicar la metodología del valor contextual al 
contexto mesoamericano es reciente y fue propuesta pública- 
mente en la ciudad de México. La conclusión de esta investi- 
gación se debe en gran medida a la Dra. María Teresa Cabrero. 
Esta investigadora del Instituto de Investigaciones Antropoló- 
gicas de la Universidad Nacional Autónoma de México 
(UNAM) me alentó a hacerlo cuanto antes al conocer mi pro- 
pósito de acometerla durante mi estancia en este prestigioso 
centro donde, como profesor visitante, estuve impartiendo un 
ciclo de conferencias sobre la arqueología económica de los 
ajuares funerarios a finales de octubre de 2013. Al regresar, a 
principios de noviembre, ya había obtenido unos resultados 
espectaculares que incluían grandes descubrimientos, demos- 
trando la perfecta aplicabilidad de dicha metodología a la ar- 
queología mexicana y mesoamericana. 


tro funerario. Dichos eventos pueden observarse 
cuando se infieren fenómenos tan esenciales para la 
arqueología teórica como las fluctuaciones económi- 
cas y los cambios sociales a partir de la composición 
de los ajuares mortuorios. 


METODOLOGÍA Y SELECCIÓN DE 
MUESTRAS CRONOLÓGICAS 


El análisis cuantitativo de las ofrendas funerarias 
permite aislar fluctuaciones económicas y cambios 
sociales asociados a las mismas que dejaron su im- 
pronta material en los entierros. Estos fenómenos 
sociales pueden observarse estadísticamente a través 
del método de valoración contextual aquí aplicado. 
En concreto, se infieren a partir de parámetros que 
miden la fluctuación económica, la diferenciación o 
desigualdad y la conflictividad social a través de sus 
respectivos estadígrafos. La metodología del valor 
contextual es fundamental para reconstruir el pasado 
de las sociedades antiguas a través de sus restos ma- 
teriales. Es una de las sendas científicas más fructí- 
feras y promete obtener grandes logros. Esta meto- 
dología ya permitió anteriormente descubrir y aislar 
los ciclos económicos de los íberos a partir del regis- 
tro funerario así como las fluctuaciones económicas 
y los cambios sociales entre griegos, romanos o ga- 
los, incluyendo aspectos tan precisos como las deva- 
luaciones monetarias o las situaciones inflacionarias. 

El análisis del gasto funerario se centra en la me- 
dición de la variabilidad de los bienes muebles inte- 
grantes de los ajuares funerarios en función de una 
serie de parámetros. Los principios teóricos de esta 
metodología y su formulación matemática, incluyen- 
do las técnicas instrumentales que la desarrollan, fue- 
ron difundidos a través de una copiosa bibliografía 
(Izquierdo-Egea 1989: 67-68, 73-74; 1991: 134-135; 
1993: 33-42; 1995: 149-151; 1996-97: 107-111; 
2009: 5-6; 2010: 5-6; 2011: 4; 2012a: 33-62; 2012b: 
5; 2012c: 3-4; 2013a; 2013b: 29-31). Entre las varia- 
bles analizadas, la más destacada es el valor contex- 
tual de un bien funerario, a partir del cual se deter- 
mina el gasto funerario consumido en el ajuar de cada 
enterramiento y el valor económico medio amortiza- 
do en cada muestra cronológica evaluada. También 
se emplea otro estadígrafo fundamental para medir 
la diferenciación o desigualdad social como es el 
coeficiente de variación (CV), contrastándolo con el 
coeficiente de Gini. Ambos se expresan en porcenta- 
jes, es decir, como índices. 

Rubén Maldonado Cárdenas (1980) estudió el ma- 
terial arqueológico recuperado por las excavaciones 


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A Arteaga. Mich. 





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Zona de amortiguamiento de 
a de núcleo 

Vías de comun caciones federales" 

División intermunicipal 0 

Poblaciones referencia 


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Figura 2. Mapa del embalse formado por la presa del Infiernillo en el cauce del río Balsas, Michoacán-Guerrero, México. 


de salvamento de la presa del Infiernillo en 1964. 
Los datos aquí estudiados se obtuvieron a partir del 
mismo. El procedimiento analítico empleado se ini- 
cia con la selección de muestras cronológicas que 
cumplan los habituales criterios referidos al estado 
de conservación de las tumbas —escogiendo las in- 


tactas o bien conservadas— y la datación —admi- 
tiendo solo los casos seguros o fiables. De este modo, 
se seleccionaron seis muestras cronológicas prove- 
nientes de los sitios excavados en la cuenca de la 
presa del Infiernillo en el río Balsas, Michoacán- 
Guerrero, México (Maldonado 1980: 135-178). Las 


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fechas propuestas por Rubén Maldonado (1980: 180), 
basadas en datación de '*C y obsidiana, incluyendo 
alguna modificación, se adaptaron al marco cronoló- 
gico tradicional definido por Alfredo López Austin 
y Leonardo López Luján (2000). Aquí se seguirá esta 
periodización mesoamericana.* 


Muestras cronológicas 
seleccionadas 


1. Preclásico Medio (c. 1200-400 a. C.) (N = 6): 
130, 176, 177, 178, 186 y 188. 

2. Preclásico Tardío (c. 400 a. C.-150/200 d. C.) 
(N = 6): 17, 45, 61, 111, 156 y 189. 

3. Clásico Temprano (c. 150/200-650 d. C.) (N = 
16): 18, 19, 39, 40, 56, 68, 71, 82, 90, 99, 108, 119, 
121, 154, 199 y 205. 

4. Clásico Tardío (c. 650-900 d. C.) (N = 16): 9, 
24, 25, 26, 38, 44, 75, 78, 87, 102, 104, 163, 164, 
233, 242 y 244. 

5. Posclásico Temprano (c. 900-1200 d. C.) (N = 
39) 179, 191, 197, 222, 223, 224, 226, 227, 228, 
229, 232, 239, 245, 246, 247, 248, 249, 250, 251, 
252, 253, 254, 258, 260, 261, 262, 263, 265, 267, 
270, 271, 272, 276, 277, 279, 282, 286, 287 y 288. 

6. Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.) (N =9): 
37, 131, 132, 133, 135, 137, 143, 144 y 225. 


Tras completar la serie cronológica seleccionando 
seis muestras, se codifican los componentes de los 
ajuares u ofrendas de las tumbas en función de cate- 
gorías particulares. Se sigue una regla básica que 
unifica algunas de estas últimas como categorías in- 
termedias o genéricas cuando el número de casos es 
reducido (Izquierdo-Egea 2012a: 58-62). En el estu- 
dio que nos ocupa, las categorías genéricas se agru- 
pan en función de la materia prima de los artefactos: 
hueso, concha, cerámica, piedra, obsidiana, etc. Se- 
guidamente, los datos obtenidos son introducidos en 
la base de datos del programa informático NECRO 
(Izquierdo-Egea 1991). Es el encargado de calcular 
el valor contextual de las categorías de bienes fune- 
rarios, así como el gasto funerario medio invertido 
en los ajuares de las sepulturas y en la agrupación 
temporal a la cual pertenecen. A continuación, se 
comparan los resultados proporcionados por las 
muestras analizadas, a fin de apreciar sus variacio- 
nes y definir la tendencia de toda la serie cronológica. 


3 Es penoso que solo se puedan analizar intervalos tempora- 
les de varios siglos por la imposibilidad de precisar más la 
cronología propuesta. 


Posteriormente, con el concurso de otra herramienta 
auxiliar de cálculo estadístico, el programa SYSTAT 
(VV. AA. 2007; Wilkinson 1990), se estima el co- 
eficiente de variación (CV) de cada muestra. Tam- 
bién se utiliza otro recurso en línea para determinar 
el índice de Gini a través de Internet (Wessa 2014) o 
bien mediante el programa informático Gretl (Cottrell 
y Lucchetti 2012a, 2012b). 


RESULTADOS: FLUCTUACIONES 
ECONOMICAS Y CAMBIOS 
SOCIALES EN EL MEXICO 
PREHISPANICO 


El Preclásico Tardío (c. 400 a. C.-150/200 d. C.) 
experimenta un crecimiento económico asombroso, 
indicado por un gasto funerario medio espectacular 
que se multiplica por 45 respecto al periodo anterior 
(cf. tabla 1 y figs. 3-5).* En igual medida, la desigual- 
dad o diferenciación social estimada por el CV au- 
menta de forma excepcional (128.73 %), tendencia 
confirmada por el índice de Gini (95.98 %). La con- 
flictividad social, cuya naturaleza se explica más 
adelante (cf. pág. 9), es mínima en este tiempo. 

El registro mortuorio del Balsas exhibe una desta- 
cada época de prosperidad durante el Clásico Tem- 
prano (c. 150/200-650 d. C.). Es la mayor de toda la 
secuencia prehispánica estudiada. Esta bonanza eco- 
nómica se ve favorecida por un descenso de la dife- 
renciación social que ahora alcanza su nivel más bajo, 
lo cual permite una redistribución más equitativa de 
la riqueza.* En cifras, se duplica el gasto funerario 
medio (109.22 %) y disminuye enormemente la des- 
igualdad social según el CV (270.44 %) y el índice 
de Gini (256.16 %). Por su parte, la conflictividad 
social sigue siendo muy baja. 

En cambio, durante el Clásico Tardío (c. 650-900 
d. C.) cambia radicalmente el panorama. La evolu- 
ción de la economía experimenta una regresión, un 


*La gráfica de la figura 3 muestra las curvas de la evolución 
temporal del gasto funerario y la diferenciación social. La de 
la figura 4 incluye la población representada en las muestras 
seleccionadas. Por último, la figura 5 compara la evolución de 
los dos parámetros representados en la figura 1 con la tenden- 
cia seguida por la conflictividad social. 

5 Lamentablemente, no fue posible estudiar la distribución 
de la riqueza por sexo o edad. En el primero de los casos, por- 
que no constaba en el estudio de R. Maldonado (1980); en el 
segundo, porque no se asoció dicha variable a las ofrendas de 
los entierros publicados, a pesar de ser considerada aparte al 
clasificar la población inhumada en adultos, subadultos e in- 
fantes (Maldonado 1980: 34, 55). 


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Tabla 1. Resultados del análisis de la serie cronológica prehispánica proveniente de la cuenca del río Balsas, México. 


Periodo GF CV 
Preclásico Medio 3,34 77,38 
Preclásico Tardío 150,68 176,99 
Clásico Temprano 315,26 52,32 
Clásico Tardío 152,73 86,78 
Posclásico Temprano 179,13 95,74 
Posclásico Tardío 260,32 77,56 


ES ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014. 





Gini CS B/T N 
33,32 1,67 6 
65,30 0,05 e 6 
28,63 0,14 9,19 16 
42,77 3,42 6,50 16 
46,06 0,94 6,77 39 
38,13 0,56 7,89 9 


GF: gasto funerario medio, CV: coeficiente de variación (%), Gini: índice de Gini, 
CS: conflictividad social, B/T: bienes por tumba, N: tamaño de la muestra. 


retorno a los niveles del Preclásico Tardío. El abrup- 
to descenso del gasto funerario medio —se reduce a 
la mitad (=51.55 %)— conforma un panorama de agu- 
da crisis económica. Al sumar el alarmante incre- 
mento de la desigualdad social según el CV (65.86 
%) y el índice de Gini (49.39 %), obtenemos una si- 
tuación altamente explosiva descrita en otras ocasio- 
nes. Se trata de una circunstancia anómala aislada en 
contextos muy distintos al ahora considerado (Izquier- 
do Egea 2009: 15-17, 21; 2010: 22-24, 30; 2011: 5, 
15, 19-20; 2012a: 90-91, 104, 109, 112; 2012b: 11; 
2012c: 5; 2013b: 32). Es una coyuntura conflictiva 
donde afloran contradicciones cuando el empobreci- 
miento de la mayoría va acompañado por un enri- 
quecimiento de la minoría social. Esto parece ser una 
constante a lo largo de la historia de la humanidad y 
queda todavía más patente en la actual civilización 
capitalista. Por otro lado, la medición de una con- 
flictividad social que ahora alcanza el máximo nivel 
de toda la serie cronológica (3.42) viene a confirmar 
lo anterior. 

Durante el Posclásico Temprano (c. 900-1200 d. 
C.), tiene lugar una ligera recuperación económica 
según indica el crecimiento del gasto funerario me- 
dio (17.29 %). La diferenciación social sigue aumen- 
tando, si bien levemente, como señalan el CV (10.32 
%) y el índice de Gini (7.69 %). Por su parte, la con- 
flictividad social, aun cuando mantiene un nivel re- 
lativamente elevado (0.94), se reduce de forma des- 
tacada (-72.51 %). 

Finalmente, el Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. 
C.) da paso a una nueva época de prosperidad apun- 
tada por el incremento del gasto funerario medio 


(45.32 %) y la disminución de la desigualdad social 
indicada por el CV (-18.99 %) y el índice de Gini (— 
17.22 %). Nuevamente, como ocurre a lo largo del 
Clásico Temprano, se dan las condiciones que favo- 
recen una redistribución más equitativa de la rique- 
za. El descenso de la conflictividad social registrada 
(40.43 %) viene a confirmarlo.* 


Datos microeconómicos 


La información aportada por la macroeconomía 
puede completarse con la ayuda de la microecono- 
mía en casos tan reveladores como el de la obsidia- 
na. Esta mercancía ilustra su trascendencia econó- 
mica y comercial en el mercado mesoamericano 
mostrando un oscilante valor de cambio: las 0.78 uni- 
dades del Preclásico Tardío descienden hasta las 0.69 


$ En otro orden de cosas, el tamaño de las muestras y la 
población representada en las mismas no aclara debidamente 
la evolución demográfica. A la vista de la cifras de la tabla 1, 
se podría pensar en una explosión demográfica durante el Pos- 
clásico Temprano. Moviéndonos en el terreno de las hipótesis 
más factibles, aquí podría encajar la posibilidad de una gran 
mortalidad debida a guerras o epidemias derivadas de la crisis 
del Clásico Terminal, que ni siquiera la ligera recuperación 
económica registrada habría contrarrestado. Ahora bien, como 
estamos en una región relativamente periférica, aun cuando los 
grandes acontecimientos mesoamericanos de tiempos prehis- 
pánicos dejaran su indeleble huella, también cabe la posibili- 
dad de que la recuperación económica en la cuenca del Balsas 
hubiese permitido un crecimiento extraordinario de la pobla- 
ción a lo largo del Posclásico Temprano. La incógnita solo 
puede despejarse ampliando los datos disponibles con más 
entierros con ofrendas en todas las regiones mesoamericanas, 
sobre todo en el altiplano central o las tierras mayas. 


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BALSAS 


— GF 
— DS 


Figura 3. Evolución del gasto funerario (GF) y la diferenciación social (DS) en los entierros prehispánicos de la cuenca del río 
Balsas, del Preclásico Medio al Posclásico Tardío. PREMED: Preclásico Medio, PRETAR: Preclásico Tardío, CLATEM: Clá- 
sico Temprano, CLATAR: Clásico Tardío, POSTEM: Posclásico Temprano, POSTAR: Posclásico Tardío. 


(11.54 %) durante la prosperidad del Clásico Tem- 
prano, es decir, se abarata levemente (cf. tabla 2 y 
fig. 6).” La obsidiana se encarece o incrementa su 
valor a lo largo de la crisis del Clásico Tardío hasta 
alcanzar las 0.92 unidades (33.33 %) cuando tiene 
lugar el colapso de la civilización maya clásica.* En 
el Posclásico Temprano, se abarata o disminuye su 


7 El valor de cambio de un bien funerario, equivalente al 
valor contextual relativo (Izquierdo-Egea 2013b: 34), se ob- 
tiene dividiendo el valor contextual de un bien funerario por el 
valor medio de todos los bienes integrantes de la muestra cro- 
nológica considerada (Izquierdo-Egea 2012b: 8; 2010: 26; 
2009: 8-9). 

8 Sobre el comercio de la obsidiana, el colapso de la civili- 
zación maya clásica y el de las rutas de intercambio interiores, 
cf. Golitko et al. (2012). 


valor de forma notoria hasta las 0.50 unidades (-45.65 
%). Finalmente, durante el Posclásico Tardío, aumen- 
ta ligeramente su valor de cambio hasta las 0.56 uni- 
dades (12 %) mostrando una tendencia a estabilizar- 
lo. Los objetos integrantes de los ajuares funerarios 
elaborados en concha se comportan, prácticamente, 
de la misma manera que los de obsidiana en función 
de su respectivo valor de cambio.? Ambos siguen la 
misma tendencia desde el Clásico Temprano hasta 
el Posclásico Tardío como puede observarse en la 
tabla 2. 

Ocurre todo lo contrario con los bienes produci- 
dos en piedra a lo largo de todo el Posclásico. Es 


? Sobre los objetos confeccionados con conchas, cf. v. g. M. 
T. Cabrero (2014). 


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Periodo 


BALSAS 
— GF 
- PO 
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Figura 4. Evolución del gasto funerario (GF) y la población representada (PO) en los entierros prehispánicos de la cuenca del río 
Balsas, del Preclásico Medio al Posclásico Tardío. PREMED: Preclásico Medio, PRETAR: Preclásico Tardío, CLATEM: Clá- 
sico Temprano, CLATAR: Clásico Tardío, POSTEM: Posclásico Temprano, POSTAR: Posclásico Tardío. 


decir, la evolución del valor de cambio de los arte- 
factos de piedra es la contraria a la de los de obsidia- 
na y concha. Se pueden apreciar entonces otros deta- 
lles como que la concha mantiene invariable su valor 
de cambio como ocurre con los bienes de obsidiana 
y piedra. Si comparamos la evolución del valor de 
cambio de estos tres productos con la fluctuación de 
la economía, se infiere una relación inversa entre esta 
última y el valor relativo de la obsidiana o la concha, 
convirtiéndose en directa respecto a la piedra. En otras 
palabras, cuando la actividad económica genera pros- 
peridad o bonanza, la piedra se encarece mientras la 
obsidiana y la concha se abaratan. Esto ocurre en el 
Clásico Temprano y el Posclásico Temprano. Al con- 


10 Avance de esta noción fundamental a publicar próxima- 
mente en un artículo teórico. Se trata de un estudio específico 
sobre la génesis de la novedosa técnica analítica empleada para 
su cálculo y la aplicación de la misma a casos concretos, reve- 
lando la enorme trascendencia de este nuevo parámetro. 

l! En las gráficas de la figura 5 se representa, junto a las 
curvas del gasto funerario medio (rojo) y la diferenciación so- 
cial (azul), la de la conflictividad social (verde). Esta última se 
obtiene multiplicando el valor estimado de la variable por 100 
con fines comparativos. 


trario, en épocas de crisis económica, como la del 
Clásico Tardío, la obsidiana y la concha se encare- 
cen mientras la piedra se abarata. La excepción a esta 
regla viene de la mano del Posclásico Tardío. En este 
periodo se estabilizan los valores relativos de los tres 
productos. En definitiva, la microeconomía funera- 
ria es capaz de aclarar cuestiones fundamentales de 
la arqueología económica y contribuir a arrojar luz 
sobre la Mesoamérica prehispánica. 


Midiendo la conflictividad social 


Un nuevo indicador entra en escena. Se trata de 
una innovadora técnica que permite medir el nivel 
de conflictividad social.'” Aunque su existencia ya 
fue avanzada recientemente (cf. Izquierdo-Egea 2013: 
35), es la primera vez que se se publican los resulta- 
dos de su aplicación a un caso concreto y tan emble- 
mático como el mesoamericano. Aparecen en la ta- 
bla 1 y fueron descritos anteriormente en conjunción 
con los demás parámetros evaluados.'' La conflicti- 
vidad aquí estimada es la coyuntural o dinámica. Esta 
se puede calcular, de la forma más sencilla, a partir 
de la conflictividad estructural, cuya fórmula mate- 


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Figura 5. Evolución del gasto funerario (GP), la diferenciación social (DS) y la conflictividad social (CS) en los entierros prehis- 
pánicos de la cuenca del río Balsas, del Preclásico Medio al Posclásico Tardío. PREMED: Preclásico Medio, PRETAR: Pre- 
clásico Tardío, CLATEM: Clásico Temprano, CLATAR: Clásico Tardío, POSTEM: Posclásico Temprano, POSTAR: Posclási- 


co Tardío. 


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Tabla 2. Valores de cambio de bienes funerarios prehispánicos de la cuenca del río Balsas, México. 


Periodo CER CON 
Preclásico Medio 0,84 0,84 
Preclásico Tardío 0,50 0,89 
Clásico Temprano 1,64 0,67 
Clásico Tardío 0,89 0,96 
Posclásico Temprano 1,97 0,75 
Posclásico Tardío 1,06 0,75 


OBS PIE COB PLA 
0,78 0,59 

0,69 1,04 

0,92 0,88 

0,50 1,30 0,63 1,40 
0,56 1,20 0,92 


CER: cerámica, CON: concha, OBS: obsidiana, PIE: piedra, COB: cobre, PLA: plata. 


11 


mática se expresa mediante la ecuación C = D/R. Es 
decir, la conflictividad social (C) es directamente pro- 
porcional a la desigualdad social (D) e inversamente 
proporcional a la riqueza relativa (R) de la población 
representada en cada muestra temporal analizada, 
medida por el gasto funerario medio. En otras pala- 
bras, cuanto mayor sea la desigualdad social y me- 
nor la riqueza relativa de la población, mayor será la 
conflictividad social. O bien, cuanto menor sea la des- 
igualdad social y mayor la riqueza relativa de la po- 
blación, menor será la conflictividad social. 


CORRELACIONES ENTRE LA 
ARQUEOLOGIA DELAS. 
FLUCTUACIONES ECONOMICAS Y 
OTRAS FUENTES 


El colapso social del Preclásico 
Tardío (c. 400 a. C.-150/200 d. C.) 


Las ofrendas de los entierros del Balsas durante el 
Preclásico Tardío nos hablan de un periodo muy prós- 
pero impulsado por una frenética actividad econó- 
mica donde, además, se da la mayor desigualdad so- 
cial de toda la serie temporal mesoamericana. En 
concreto, los dos indicadores estadísticos, el CV y el 
índice de Gini (vide supra tabla 1), muestran un ni- 
vel desmesurado de diferenciación social, registran- 
do los valores más altos. Es decir, este contraste ex- 
tremo, entre la gran riqueza amortizada y la enorme 
desigualdad manifestada en su reparto, expresa las 
condiciones previas para la génesis de una situación 
crítica, una convulsión social cuyos efectos no im- 


pactaron sobre la economía y, posiblemente, habrían 
sido atajados o reconducidos a tiempo. En otras pa- 
labras, pudieron desatarse graves tensiones sociales 
internas a raíz de esa desmesurada desigualdad, re- 
sueltas, en todo caso, a lo largo del próspero periodo 
Clásico Temprano como así parece indicar la enor- 
me caída de las diferencias sociales durante ese tiem- 
po (vide supra tabla 1). Por ello, no se aprecia una 
conflictividad social significativa a nivel material res- 
pecto al periodo precedente. En todo caso, la región 
mexicana de la cuenca del río Balsas aporta eviden- 
cias sólidas sobre la naturaleza profundamente so- 
cial del colapso del Preclásico Tardío en Mesoamé- 
rica. 

Se puede hablar de crisis social si nos atenemos al 
desmedido incremento de la desigualdad social. Se 
trata de un fenómeno común a toda la Mesoamérica 
del Preclásico Tardío. Ahora bien, la región maya es 
la única afectada por un colapso en ese tiempo. Este 
último se fecha entre el 100 y el 250 de nuestra era, 
es decir, tiene lugar a fines del Preclásico Tardío. En 
buena lógica, cabe pensar que los mayas no supieron 
o no pudieron atajar a tiempo el peligro de una dife- 
renciación social tan elevada. Quizás la virulencia 
de un cambio climático regional lo impidió.'?Sin em- 
bargo, es preciso matizar que su impacto no fue ge- 
neralizado como sí ocurrió durante el Posclásico Tar- 
dío. Tampoco hubo repercusión económica en el resto 
de Mesoamérica según el registro funerario del Bal- 


12 A favor de ello contamos con la severa sequía del 141 d. 
C. detectada en la estalagmita de una cueva de Belice, la cual 
coincide con el abandono preclásico (Webster et al. 2007: 12), 
y niveles lacustres bajos en Guatemala (Rosenmeieref al. 2002). 


12 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014 ISSN 1989-4104 


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Figura 6. Evolución del valor de cambio de los objetos elaborados en concha, obsidiana y piedra en los entierros prehispánicos 
de la cuenca del río Balsas, del Preclásico Medio al Posclásico Tardío. PREMED: Preclásico Medio, PRETAR: Preclásico Tar- 
dío, CLATEM: Clásico Temprano, CLATAR: Clásico Tardío, POSTEM: Posclásico Temprano, POSTAR: Posclásico Tardío. 


ISSN 19894104 


ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014 13 








TEOTIHUACAN 


O Ara mueca toluacana 

+ Sitios del área nuclear teotihuacana 
+ Enclave teotihuacano 

- Aliados de Teotihuacan 


El área sombreada representa 
la extensión aproximada de las 
culturas mesoamericanas 


Figura 7. Mapa del área nuclear de Teotihuacan y su área de influencia mesoamericana. 


sas. Por tanto, la sequía y sus nefastas consecuencias 
(malas cosechas, hambruna, enfermedades, epide- 
mias, alta mortalidad) se limitarían a las tierras ma- 
yas. El descontento popular resultante favorecería un 
enfrentamiento por los recursos básicos entre las en- 
tidades políticas mayas. Algo parecido tendrá lugar 
durante el Clásico Tardío. A favor de una intensifi- 
cación de la producción de alimentos extendiendo 
los cultivos está el aumento de la erosión del suelo 
—resultante de la deforestación, o sea, de la tala de 
bosques para practicar la agricultura— en las tierras 
bajas mayas centrales y meridionales, mayor ahora 
que en el Clásico Tardío (Beach et al. 2006). 

El colapso maya de finales del Preclásico Tardío 
es uno de los tres soportados por esta civilización. 
Los otros dos también acontecen en las postrimerías 
de los periodos Clásico Tardío y Posclásico Tempra- 
no. Es un «caótico interludio» donde una serie de 
transformaciones origina las ciudades-estado clási- 
cas (Reese-Taylor 2011: 32). Se manifiesta con el 
declive y caída de grandes ciudades (Rice 2013: 12) 


tales como El Mirador y Uaxactún. Más específica- 
mente, en las tierras bajas mayas,'* las áreas interio- 
res elevadas de Yucatán serían más proclives al co- 
lapso del Preclásico Terminal'* que las zonas más 
bajas contiguas (Duming et al. 2012: 3652, 3654). 
En Petén, Guatemala, la destrucción y abandono 
de El Mirador y Uaxactún, ciudades mayas aliadas, 
hacia el año 150 d. C. (Suyuc y Hansen 2013; Kovác 
2013: 113, 117) fue provocada probablemente por 
una gran guerra que asoló esa región. La gran benefi- 
ciada fue Tikal (Kovác 2013: 111, 116). Ese notorio 
acontecimiento bélico bien pudo haber contribuido a 
aliviar, amortiguar o atenuar las tensiones internas y 
evitar estallidos sociales propiciados por un enrique- 


13 La crisis del 150 d. C. repercute sobre las tierras centrales 
(Nondédéo et al. 2013: 122). 

14 Periodo caracterizado a partir del 150 de nuestra era por 
el abandono de las ciudades principales y el descenso de la 
población, aun cuando ello no suponga el fin de la civilización 
maya y se reocupen posteriormente dichos centros (Haug et al. 
2003: 1733). 


14 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014 


ISSN 1989-4104 





cimiento sin parangón de una minoría privilegiada 
frente a una mayoría empobrecida, a modo de meca- 
nismo regulador. El colapso de finales del Preclási- 
co Tardío también llegó a Kaminaljuyú hacia el 250 
d. C. (Robinson ef al. 2006: 161, 164). Este centro 
sufre localmente, a mediados del siglo II de nuestra 
era, el impacto medioambiental de las sequías que 
culminaron un extenso periodo de reducidas precipi- 
taciones y provocaron el abandono de ciudades ocu- 
rrido entre 150 y 250 d. C., colocando la civilización 
maya al borde del colapso (Haug ef al. 2003: 1734- 
1735; Arroyo 2013: 182). 

El colapso preclásico alteró de forma permanente 
el equilibrio de poder entre las tierras altas y las ba- 
jas durante casi un milenio. Tras este singular even- 
to, irrumpe la influencia clásica de Teotihuacan so- 
bre esa vasta región (Love 2007: 298, 299-300). Este 
último se desarrolla rápidamente entre 150 a. C. y 
100/200 d. C., tras lo cual el crecimiento cesa (Cow- 
g111 2007: 263), alcanzando una población de 60.000- 
80.000 habitantes y una superficie de 20 km? (Cow- 
gill 1997: 129-130). 

En cambio, en el estratégico valle de Tlaxcala, in- 
tegrante del corredor natural mesoamericano, Xochi- 
tecatl-Cacaxtla (Serra y Lazcano 2011: 13) es aban- 
donado hacia el año 200 d. C., coincidiendo con el 
final del Preclásico Tardío y el inicio del Clásico Tem- 
prano, si bien se debió a causas naturales: la erup- 
ción del volcán Popocatépetl (Serra y Lazcano 2011: 
12; Sheets 2008: 179).!* Por otro lado, nada relevan- 
te parece acontecer por ese tiempo en Monte Albán, 
capital del antiguo estado zapoteco (Spencer y Red- 
mond 2003: 25) fundada** hacia el año 500 a. C.(Gon- 
zález Licón 2011: 14, 131; 2003). A principios del 
Preclásico Tardío, ya aparece formado el Estado za- 
poteco (300-100 a. C.) (Spencer y Redmond 2003: 
26) que, entre los años 100 a. C. y 200 d. C., se ex- 
tiende más allá del valle de Oaxaca (González Licón 
2011: 147). 


15 Hubo otras catástrofes naturales posteriores, como la erup- 
ción del llopango en el siglo VI d. C. en lo que actualmente es 
El Salvador, cuya datación ahora se precisa desde principios 
del siglo V hasta la primera mitad del VI según Sheets. Afectó 
a zonas limítrofes o adyacentes de Guatemala y Honduras, lo 
cual pudo ocasionar el desplazamiento de la población de esta 
zona hacia el valle de Guatemala y Copán (Dull er al. 2001; 
Sheets 2008: 175). 

16 La fundación de Monte Albán ocupó una posición estra- 
tégica, elevada y amurallada, en pleno centro del valle de Oaxa- 
ca. Se produjo en medio de una gran inestabilidad social y un 
intenso conflicto entre jefaturas locales cuya rivalidad originó 
la emergencia de la primera formación estatal urbana mesoame- 
ricana: la zapoteca (Wiesheu 2012: 1). 


La prosperidad del Clásico Temprano 
(c. 150/200-650 d. C.) 


La Mesoamérica del Clásico Temprano vive un 
esplendor económico sin precedentes en toda la épo- 
ca prehispánica, coincidiendo plenamente con la ima- 
gen proyectada por otras fuentes (v. g. Acuña-Soto 
et al. 2005). Las ofrendas de los entierros del Balsas 
nos hablan del periodo mas próspero con la menor 
desigualdad social registrada en toda la serie tempo- 
ral y un bajísimo nivel de conflictividad (vide supra 
tabla 1). Ahora bien, la prosperidad alcanzada en este 
momento enlaza perfectamente con la del Preclásico 
Tardío, por lo que existe continuidad macroeconó- 
mica entre ambas en un intervalo temporal tan am- 
plio. Los datos obtenidos a partir del análisis mor- 
tuorio así lo corroboran. 

Por otro lado, el registro funerario del Balsas re- 
vela relaciones con el norte, en Michoacán y Jalisco. 
Las influencias teotihuacanas del centro de México 
son destacadas. A pesar de ello, estos entierros exhi- 
ben una dinámica propia proyectando contactos sep- 
tentrionales a través de Occidente (Colima, Nayarit), 
de donde también llegan influjos además de recibir 
influencias mayas (Maldonado 1980: 131-132). 

Observando los escenarios mesoamericanos más 
significativos de este periodo, durante el Clásico 
Temprano (200-500 d. C.) crece la población de Mon- 
te Albán, al sur del México actual, aunque disminu- 
yen drásticamente las tierras conquistadas por esta 
metrópoli. De hecho, su territorio e influencia men- 
guan frente al todopoderoso Estado teotihuacano del 
altiplano central, con el cual establece algún tipo de 
alianza (González Licón 2011: 171)."” 

La alargada sombra de Teotihuacan extiende su 
influencia sobre regiones como el valle de Tula, Pue- 
bla-Tlaxcala, Morelos o Guerrero. Además, como se 
acaba de ver, concierta alianzas con Monte Albán en 


17 Aparentemente, la alianza entre ambas benefició a Teoti- 
huacan y perjudicó a Monte Albán. Esto trae a colación el ca- 
rácter cosmopolita de esta gran urbe mesoamericana. Teoti- 
huacan cobijaba diversas etnias forasteras en sus barrios urba- 
nos: veracruzanos, zapotecas de Oaxaca —probando la co- 
nexión cultural entre Teotihuacan y Monte Albán (Palomares 
2013)—o michoacanos (Manzanilla 2001a: 461-463), así como 
poblaciones procedentes de la costa del Golfo o la región maya. 
La etnia michoacana, relevante por su conexión con los entie- 
rros del Balsas, pudo haber mantenido su presencia teotihua- 
cana entre los años 350 y 650 de nuestra era (Begun 2013). Es 
decir, principalmente en el transcurso de la segunda mitad del 
Clásico Temprano, coincidiendo con una época de esplendor 
económico asociado a una baja desigualdad y con muy escasa 
conflictividad social, como se vio antes. 


ISSN 1989-4104 


ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014 15 





el valle de Oaxaca e interviene políticamente en el 
área maya. Linda Manzanilla sostiene la probable 
existencia de colonias teotihuacanas en Kaminalju- 
yú,'* en el altiplano guatemalteco, cerca de las minas 
de obsidiana de El Chayal, Matacapan en la región 
de Los Tuxtlas en la costa del Golfo, así como en 
varios sitios de Michoacán (Manzanilla 2001b: 166), 
justo al norte-noreste de la presa del Infiernillo en el 
Balsas.'” 

Teotihuacan” crea puestos avanzados en regiones 
tan lejanas como las tierras bajas del Pacífico y las 
tierras altas de Guatemala (fig. 7). También parece 
haber intervenido en la política de centros mayas ta- 
les como Kaminaljuyú en las tierras altas, antes men- 
cionado, o Tikal”! y Copán en las tierras bajas (Cow- 
gill 2007: 263; 2008: 970). 

En definitiva, el imperialismo”teotihuacano irrum- 
pe sobre la región maya (378 d. C.) aprovechando la 
debilidad de sus centros políticos, afectados por el 
colapso del Preclásico Tardío: la nueva Uaxactún y 
sus aledaños en Petén (Kovác 2013: 118) o los sitios 
descritos antes por Manzanilla y Cowgill. Es ahora 
cuando Teotihuacan toma el control de Tikal y ex- 
pande su hegemonía por todo Petén y, algo más tar- 


18 Sobre la presencia de inmigrantes teotihuacanos en Ka- 
minaljuyú, cf. White et al. (2000). 

19 Remarcando su influencia sobre el poblamiento de la cuen- 
ca del Balsas, como en el caso michoacano mencionado más 
arriba, hay que convenir, pues, que la zona estudiada en la cuen- 
ca del Balsas, a medio camino entre Teotihuacan y Monte Al- 
bán, aun siendo periférica, estaría sometida al influjo directo 
de Teotihuacan. De hecho, el área donde confluye el río Te- 
palcatepec con el Balsas está próxima al núcleo de la civiliza- 
ción teotihuacana. 

Teotihuacan, en la cuenca del altiplano de México, flore- 
ció desde c. 150 a. C. hasta c. 650 d. C. (Cowgill 2007: 262). 
Hacia finales del Preclásico Tardío y comienzos del Clásico 
Temprano había completado su gran crecimiento. Desde en- 
tonces apenas varió su tamaño hasta alrededor de 500 d. C. 
Fue la capital de un estado que cubría la cuenca de México y 
las zonas próximas hasta abarcar un área de unos 25.000 km?. 
Teotihuacan fue la capital de un gran estado en las tierras altas 
mesoamericanas que alcanza los 100.000 habitantes o más ha- 
cia el 300 d. C. (Cowgill 1997: 129-130; 2008: 962) convir- 
tiéndose en una de las mayores ciudades del Nuevo Mundo 
precolombino (Morton et al. 2012: 396) y de la era preindus- 
trial —la sexta más grande del orbe hacia el año 600 de nuestra 
era (Tainter 1988: 12)—. Alrededor del 350 y hasta el 420 d. 
C. experimenta cambios relevantes: una nueva fase de cons- 
trucción en la ciudad y rituales como la masiva destrucción de 
cerámica e instrumentos y la decapitación de individuos mas- 
culinos (Beramendi-Orosco et al. 2009: 106-107). 

21 Tikal fue un centro maya controlado por Teotihuacan hasta 
el ocaso de este, tras lo cual resurge hasta sucumbir bajo los 
efectos del colapso maya clásico. 

2 Tenochtitlan y Teotihuacan, al contrario que Tula, gober- 
naron imperios (Smith y Montiel 2001). 


de, extiende su influencia sobre Kaminaljuyú en las 
tierras altas (Demarest y Fahsen 2003: 164), desem- 
peñando un rol clave en el control directo del inter- 
cambio a larga distancia. Curiosamente, esa fecha 
encaja perfectamente dentro de la nueva fase expan- 
sionista (c. 350-420 d. C.) de la vida de esta gran 
ciudad antigua mesoamericana.” Sin embargo, esa 
influencia teotihuacana durante el Clásico Tempra- 
no se diluye y no se plasma físicamente en otras zo- 
nas mayas como la oriental beliceña. Es el caso de 
Altun Ha, donde no cabe aplicar el tradicional mo- 
delo imperialista (White et al. 2001).2 

La penetración teotihuacana por tierras mayas así 
como la de hablantes mayas hasta el valle de Copán 
coinciden con un periodo de elevada deforestación o 
tala de bosques que alcanza un máximo aproxima- 
damente en 400 d. C. (McNeil et al. 2010: 1017).% 
Lo cual presupone niveles lacustres elevados, pre- 
sión agrícola y abundancia de agua para sostenerla. 
Otra fuente lo confirma señalando las altas precipi- 
taciones pluviales registradas en la cueva Yok Balum 
de Belice, las cuales habrían favorecido la expansión 
demográfica y la proliferación de centros políticos 
entre los años 440 y 660 de nuestra era, es decir, a lo 
largo de la segunda mitad del Clásico Temprano 
(Kennett ef al. 2012). 


23 Abundando sobre la influencia del poderoso estado teoti- 
huacano en la región maya, esta alcanzó intensamente la costa 
sur mesoamericana, en la actual Guatemala, donde incluso pudo 
haberse dado una inmigración desde la capital, posiblemente 
en el siglo V d. C. La presencia teotihuacana se concentró en el 
gran centro de Montana, cercano a la costa del Pacífico, exten- 
diéndose por la llanura litoral, sobre la cual ejercería su domi- 
nio entre 400 y 650 d. C. (Chinchilla 2013: 201). 

2 La expansión territorial de Teotihuacan tuvo lugar a tra- 
vés del corredor natural del norte de Tlaxcala, citado en el apar- 
tado anterior, en las tierras altas centrales de México, el cual, 
además, permite seguir toda evolución política prehispánica 
en esa región (Carballo y Pluckhahn 2007). 

25 Al hilo de esta matización, también surgen controversias 
en otros marcos geográficos como el de las colinas Puuc en el 
norte de Yucatán. Así, mientras unos ven la mano de Teotihua- 
can en la fundación de centros urbanos en esa región a lo largo 
del Clásico Temprano (300-600 d. C.), como Chac Il (Smyth y 
Rogart 2004), otros rechazan esa posibilidad. En concreto, sos- 
tienen que no hay evidencia de la presencia permanente de teo- 
tihuacanos en las tierras bajas del norte. Es lo que, según ellos, 
se desprende de las excavaciones de Oxkintok y Chac II. Solo 
admiten la existencia de contactos entre Yucatán y el México 
central durante el periodo Clásico (550-700 d. C.) (Stanton 
2005). 

261 a bonanza climática habría podido concluir a finales del 
Clásico Temprano (550 d. C.), momento en que se detectan 
niveles lacustres reducidos en Guatemala (Rosenmeier et al. 
2012). 


16 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA 23 + 2014 


ISSN 1989-4104 





La transición del Clásico Temprano 
al Tardío: el colapso de Teotihuacan 


En el año 580 de nuestra era se aprecia un periodo 
seco. Coincide con un hiato maya en la transición 
del Clásico Temprano al Tardío: se reduce brevemen- 
te la construcción de monumentos desde c. 530 a 650 
d. C. (deMenocal 2001: 670). El declive de Teoti- 
huacan comienza hacia el año 550 de nuestra era y 
finaliza con su colapso alrededor del 650 d. C. (Cow- 
gill 2007: 261). Es decir, el desmoronamiento de esa 
gran urbe, que ejerciera tanta influencia en toda Meso- 
américa, se desarrolla en las postrimerías del Clási- 
co Temprano. A partir del año 5350 disminuye consi- 
derablemente su población antes de que el centro 
político y ceremonial sea incendiado hacia el 650, 
tras lo cual la ciudad pudo haber sido abandonada 
fugazmente (Cowgill 2007: 263; Tainter 1988: 13). 

Entre los años 600 y 650 de nuestra era, hay claros 
síntomas materiales de progresivo abandono del man- 
tenimiento de los servicios públicos de la ciudad: su- 
ministro de agua, limpieza, abastecimiento de alimen- 
tos, etc. La imposibilidad de satisfacer el sustento de 
una «población tan numerosa» habría propiciado la 
emigración hasta el abandono final de la ciudad. 
Durante los últimos años de Teotihuacan, la conflic- 
tividad se habría disparado. Gómez y Gazzola (2004) 
así como López Luján et al. (2006) describen el caó- 
tico panorama que se cierne sobre la ciudad entre los 
años 600 y 650 de nuestra era y cómo se desmorona 
la capital de un imperio que hasta entonces ostenta- 
ba la hegemonía mesoamericana. A propósito de lo 
cual hablan acertadamente de «la falta de mecanis- 
mos de regulación eficientes»” capaces de solucio- 
nar un «descontento social» responsable del éxodo 
de la población y la quema de edificios públicos y 
templos, cuyas ruinas también fueron saqueadas. Fi- 
nalmente, irrumpen sobre la antaño opulenta y pode- 
rosa Teotihuacan poblaciones marginales —los co- 
yotlatelcos (Moragas 2005)— que se asientan sobre 
sus restos conviviendo acaso con los últimos teoti- 
huacanos que aún permanecían allí. Ese fue el triste 
ocaso,” el colapso de «la ciudad más importante que 
hubo alguna vez en el México antiguo» (Gómez y 
Gazzola 2004: 52). 


27 Esta cuestión fundamental está siendo analizada a fondo 
desde hace más de cinco años, obteniendo resultados suma- 
mente reveladores (cf. v. g. Izquierdo Egea 2009: 21; 2010: 
23, 24, 34; 2011: 6, 15, 20; 2012a: 91, 109; 2012c: 5). 

28 Ejemplo clásico de colapso de las sociedades complejas 
(Moragas 2013: 185). 


López Luján et al. (2006) son harto elocuentes al 
tratar sobre la destrucción de imágenes en el cata- 
clismo que supuso el apocalíptico final de Teotihua- 
can, asimilable a un brote iconoclasta: la metrópoli 
pereció en las llamas y nunca pudo levantarse de sus 
cenizas. Todos los símbolos del poder fueron des- 
truidos con saña. Salvando las distancias, se trata de 
un fenómeno similar al ocurrido en el convulso oca- 
so de la civilización ibérica arcaica (Izquierdo-Egea 
1996-97: 122-123; 2009: 17, 21; 2012a: 70, 90; 
2012c: 6). 

Sin embargo, a partir de la cronología de Teopan- 
cazco, otros fechan el gran incendio del centro de 
Teotihuacan alrededor del año 550 de nuestra era, 
atribuyéndolo a una posible revuelta interna. Final- 
mente, hacia el año 600 d. C. ya encontramos a los 
coyotlatelcos viviendo en las ruinas de la gran ciu- 
dad, por lo que el colapso de Teotihuacan ya se ha- 
bría producido entonces (Beramendi-Orosco ef al. 
2009: 106-107). A partir de ese momento y hasta c. 
900 d. C., todavía vivían entre 10.000 y 40.000 per- 
sonas en las inmediaciones de las ruinas de la ciudad 
y Teotihuacan pudo haber funcionado como la capi- 
tal de una entidad política independiente. Durante la 
fase Mazapán (c. 900-1000) del Posclásico Tempra- 
no, el valle de Teotihuacan permaneció independien- 
te, formando un pequeño estado centralizado (Elson 
y Mowbray 2005: 199; Tainter 1988: 13). 


Colapso de las civilizaciones 
mesoamericanas del Clásico Tardío 
(c. 650-900 d. C.): Monte Albán 


La prosperidad del Clásico Temprano, tanto para 
los teotihuacanos como para los mayas, toca a su fin. 
Las ofrendas de los entierros del Balsas nos hablan 
ahora, durante el Clásico Tardío,” de una gran crisis 
económica asociada a la mayor conflictividad social 
de la Mesoamérica prehispánica (vide supra tabla 1). 
Fruto de una drástica reducción de la riqueza amorti- 
zada, luego también de la circulante en vida, repre- 
senta una caída brutal de la actividad productiva y 
una regresión evolutiva hasta volver a los niveles del 
Preclásico Tardío. Este empobrecimiento generali- 
zado, espoleado por el notorio crecimiento de la des- 
igualdad social asociado a la aguda crisis económica 
imperante, haría aflorar serias contradicciones y ge- 
neraría una situación interna explosiva. Sin duda al- 
guna, este fenómeno, inferido a partir del registro fu- 


2 También llamado Epiclásico por otros (v. g. Moragas 
2005). 


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nerario, caracterizó el largo proceso de ocaso y co- 
lapso final que experimentaron las civilizaciones 
mesoamericanas del Clásico Tardío, iniciado entre 
los teotihuacanos y finalizado entre los mayas. 

El colapso teotihuacano desata una reacción en ca- 
dena de efecto retardado. Sus consecuencias interna- 
cionales alteran el panorama geopolítico mesoame- 
ricano y favorecen la emergencia de otros estados 
así como la lucha entre ellos por la hegemonía. Tras 
caer Teotihuacan, el estado zapoteco de Monte Al- 
bán y las ciudades-estado mayas se mantienen du- 
rante un tiempo. Finalmente, esa crisis acaba afec- 
tando dramáticamente tanto a Monte Albán como a 
la civilización maya clásica, la más alejada del nú- 
cleo originario de esa compleja crisis. Todo ese pro- 
ceso aparece registrado, como se ha visto, en las 
ofrendas de los entierros prehispánicos de la cuenca 
del Balsas; luego cabe insistir una vez más en la co- 
nexión entre las regiones mesoamericanas como si 
fuesen vasos comunicantes. Es un tiempo de intenso 
descenso demográfico para toda Mesoamérica. 

Cuando se consuma el colapso de Teotihuacan, se 
manifiestan en otros sitios cercanos, al norte de la 
cuenca de México, síntomas de esa tensión a través 
de múltiples sacrificios humanos, conformando un 
paisaje conflictivo (Morehart et al. 2012: 426). Xo- 
chitecatl-Cacaxtla, en el valle de Tlaxcala, es aban- 
donado entre los años 200 y 650 d. C. (Serra y Laz- 
cano 2011: 118), encajando perfectamente dentro del 
Clásico Temprano. A partir de entonces, se vuelve a 
poblar el sitio y esta región coincidiendo con el co- 
lapso teotihuacano (Serra y Lazcano 2011: 64). En la 
costa sur mesoamericana, actual Guatemala, Monta- 
na decae hacia 650 d. C. tras el ocaso de Teotihua- 
can, correspondiendo con el ascenso de Cotzumal- 
guapa como principal centro de control regional.*% 

Por otro lado, el poder regional de los zapotecos 
de Monte Albán empieza a declinar entre el 600 y el 
900. Es decir, aumenta considerablemente la auto- 
nomía regional. Numerosos centros de rango infe- 
rior constituyen sus propias entidades políticas loca- 
les (Marcus 2009: 98, 101; González Licón 2011: 
201) que Tainter (1988: 13) definiera como peque- 
ños estados autónomos. La población disminuye 
drásticamente en el valle de Oaxaca y se concentra 
en Monte Albán, la cual alcanza ahora (300-700/750 
d. C.) su mayor extensión. 


30 Los señores de Cotzumalguapa pudieron aprovecharse 
del colapso teotihuacano que acabó con Montana (Chinchilla 
2013: 203). 


El colapso de la civilización maya 
clásica 


Se ha vertido mucha tinta sobre esta cuestión. Hay 
una cantidad ingente de literatura científica disponi- 
ble sobre la misma. Para comprender la extrema com- 
plejidad del colapso maya clásico,*' este solo puede 
entenderse como un conjunto de procesos históricos 
interrelacionados, no como un único evento (Yaeger 
y Hodell 2008: 226). 

El ocaso de la civilización maya se debe a diver- 
sas causas y fue un proceso lento matizado regional- 
mente (Vidal y Muñoz 2013: 98). No se produce el 
colapso de la civilización maya como un todo (Ai- 
mers 2007: 329) porque políticamente no lo era. Esta 
conformaba un conglomerado de ciudades-estado 
como ocurrió siglos antes en la Grecia antigua, sal- 
vando las distancias. El colapso de la civilización 
maya durante el siglo IX de nuestra era fue resultado 
de la combinación de la tendencia natural y la activi- 
dad humana tras haber alcanzado la cúspide. Ningu- 
no de estos factores por separado sería suficiente para 
causarlo (Oglesby et al. 2010). 

Las consideraciones cronológicas señaladas por 
George L. Cowgill (comunicación personal) encajan 
perfectamente dentro del periodo Clásico Tardío 
(650-900 d. C.). Es una gran crisis que afecta a tres 
regiones mesoamericanas y provoca el colapso de sus 
civilizaciones: primero involucra a Teotihuacan a fi- 
nales del Clásico Temprano (600-650 d. C.), después 
a Monte Albán alrededor del 800 d. C. y, finalmente, 
a los mayas clásicos de las tierras bajas hacia el 900 
d. C. Es decir, se extiende por toda Mesoamérica de 
oeste a este y de norte a sur.*? 

El ocaso de la civilización maya clásica tiene lu- 
gar en el momento álgido de su desarrollo cultural, 
entre c. 750 y 900 d. C.** Tomando como referencia 
la construcción de monumentos, alcanza su máximo 
en 721 d. C. Los síntomas del colapso empiezan a 
manifestarse entre 750 y 790 d. C. y la construcción 
cesa en la región después del 830 d. C. (deMenocal 
2001: 670). La historia maya de los siglos VI y VII 
es un época convulsionada por la gran guerra inter- 


31 Fechado recientemente mediante una refinada técnica en 
el 900 d. C. aproximadamente (Chase ef al. 2012: 12917). Otros 
lo colocaban entre el 800 y el 900 (v. g. Houston et al. 2001: 
65). 

ne Siguiendo una dirección noroeste-sureste (NO-SE). 

33 La civilización maya clásica (de las tierras bajas) alcanza 
su máximo apogeo y techo demográfico (Turner 2010: 575) en 
el siglo VII (hacia el 750) de nuestra era, tras el colapso teoti- 
huacano y poco antes de declinar y sucumbir ella misma. 


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nacional entre Tikal y Calakmul y sus respectivos 
aliados y vasallos (Demarest y Fahsen 2003: 164). 

La civilización maya se expande rápidamente des- 
de 550 a 750 d. C. aprovechando un clima húmedo 
favorable, aunque alcanza el límite de la capacidad 
de su entorno natural. Esa circunstancia la hizo vul- 
nerable frente a sequías prolongadas (Haug et al. 
2003: 1733). Su colapso acontece durante un tiempo 
donde se suceden episodios de sequía extrema.**Los 
datos provenientes del registro sedimentario* de la 
cuenca del Cariaco del Caribe meridional, en la Suda- 
mérica tropical norteña, muestran una extensa etapa 
seca desde el 750 al 950 con episodios cíclicos de 
una periodicidad de 40-50 años (Yaeger y Hodell 
2008: 227). Las sequías se centran aproximadamen- 
te en los años 810, 860 y 910 de nuestra era (Haug ef 
al. 2003). El registro de la cueva Yok Balum en Beli- 
ce señala una tendencia a la sequía entre los años 
700 a 1135 d. C. o 660 y 1000 d. C., lo cual coincide 
perfectamente con el colapso maya entre los años 750 
y 900 d. C. (Webster et al. 2007; Kennett et al. 2012), 
confirmando la tendencia apuntada por la cuenca del 
Cariaco (Hsiang y Burke 2013). 

Durante el Clásico Terminal, el colapso fue pene- 
trando incluso en los humedales perennes que debe- 
rían haberse visto menos afectados por la sequía 
(Butzer y Endfield 2012: 3630). Si bien es cierto que 
hubo deforestación, la tala de bosques estaría vincu- 
lada al desarrollo de la agricultura, aunque otros pien- 
san lo contrario: la deforestación habría contribuido 
a amplificar la sequía en la región (Cook ef al. 2012). 
Ahora bien, los mayas no agotaron los recursos na- 
turales para satisfacer las necesidades de su cada vez 
más numerosa población, sino que procuraron con- 
servarlos (McNeil ef al. 2010: 1017). Estas condi- 
ciones ambientales cambiantes generaron crecientes 
conflictos sociales (Haug et al. 2003; Turner y Sabloff 
2012: 13908). 

Los sedimentos lacustres documentan un abrupto 
cambio hacia condiciones más áridas en el centro de 
la península de Yucatán entre el 800 y el 1000 d. C., 
con mayor incidencia hacia el 900 d. C. Las tierras 
bajas meridionales de Yucatán, densamente pobladas, 
dependientes del suministro de agua superficial para 


34 Sin caer en el determinismo climático, parece evidente 
que las sequías están implicadas en el colapso maya (Brenner 
et al. 2001: 99). 

35 La palinología no puede aclarar la cuestión del cambio 
ambiental en las tierras bajas mayas. De hecho, los registros de 
polen reflejan pobremente las sequías cíclicas porque la vege- 
tación natural se ha adaptado a esas fluctuaciones (Leyden 
2002). 


la agricultura y el consumo, fueron las más afectadas 
durante la larga sequía de ese tiempo (deMenocal 
2001: 670). Por su parte, el registro sedimentario del 
lago Salpetén de Guatemala muestra los niveles más 
reducidos de tala de bosques entre el 800 y el 900 de 
nuestra era. La reducción de la erosión del suelo des- 
pués del año 850 coincide con el declive demográfi- 
co maya del Clásico Terminal.** 

Además, el análisis de series temporales de sedi- 
mentos lacustres en el norte de la península de Yuca- 
tán revela una periodicidad para la sequía de 208 años. 
Este ciclo es similar al periodo de 206 años para la 
actividad solar. Es decir, ambos ciclos con oscila- 
ciones bicentenarias, el de sequías y el de actividad 
solar, vienen a coincidir (Hodell e: al. 2001; Brenner 
et al. 2002). La variabilidad de la humedad fue deci- 
siva en este escenario. Durante esas sequías, las pre- 
cipitaciones pluviales se redujeron considerablemen- 
te.*” El número y la corta duración de los intervalos 
ayudan a entender por qué el colapso del Clásico Ter- 
minal (800-950 d. C.) se prolongó durante 150 años. 
Ocho agudas sequías de 3 a 18 años de duración tu- 
vieron lugar durante el despoblamiento de las ciuda- 
des-estado mayas clásicas (Medina-Elizalde et al. 
2010). 

Ahora bien, el fenómeno llamado colapso fue prin- 
cipalmente urbano. Se van despoblando las ciudades 
pero la población rural de la periferia sigue subsis- 
tiendo y aprovecha las obras hidráulicas preceden- 
tes. Los sistemas de suministro de agua, como los de 
Tikal, amortiguaron el efecto de las sequías sobre la 
población (Grazioso y Scarborough 2013: 262-263). 
La importancia crítica del agua es indiscutible. En 
las tierras bajas mayas meridionales, la falta de llu- 
via provocaba una disminución en el suministro de 
agua,* malas cosechas, hambrunas (Lucero et al. 
2011: 479). El control del agua desempeñó un rol 
fundamental en la emergencia del poder político de 


36 Podría deberse a la mayor aridez documentada en los la- 
gos del norte de Yucatán o a la disminución de entrada de agua 
al lago como consecuencia de la recuperación del bosque (Ro- 
senmeter ef al. 2012). En relación con esto, en las tierras bajas 
mayas centrales y meridionales, la erosión del suelo fue menor 
durante el Clásico Tardío que durante el Preclásico. En cam- 
bio, en otras regiones como Cancuén, en Guatemala, ocurre lo 
contrario (Beach et al. 2006). 

37 Las sequías que se producen durante la desintegración de 
esta civilización suponen una reducción considerable de las 
precipitaciones anuales de hasta el 40 % (Medina-Elizalde y 
Rohling 2012). 

38 El abandono de los humedales cerca del antiguo centro 
maya de Blue Creek, en Belice, y la disminución de la pobla- 
ción coinciden con una creciente sequía en esta región 
(Luzzadder-Beach et al. 2012: 3648, 3650, 3651). 


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los mayas clásicos. Aunque su escasez fue decisiva 
en el declive de los centros mayores, los menores 
sobrevivieron a la sequía (Lucero 2002: 814). El co- 
lapso también tuvo un impacto menor sobre las po- 
blaciones mayas costeras (Santley et al. 1986: 123). 
En las tierras bajas mayas, las zonas interiores eleva- 
das de la península de Yucatán eran más susceptibles 
al colapso y menos adecuadas para la recuperación 
que las zonas más bajas adyacentes. Esto ocurrió tanto 
a finales del Preclásico (100-250 d. C.) como en el 
Clásico Terminal (Dunning ef al. 2012: 3652, 3654). 

A partir del 750 d. C., la civilización maya sufre 
una gran crisis y se transforma. Las ciudades mayas 
de las tierras bajas del sur —región que abarcaba el 
Petén en el norte de Guatemala y las tierras circun- 
dantes— van cayendo una a una hasta cesar la acti- 
vidad política y ceremonial a comienzos del siglo IX 
(Tainter 1988: 12, 152-153). Desaparece el sistema 
político hasta entonces imperante y casi todas las ciu- 
dades-estado mayas son abandonadas o disminuyen 
radicalmente su tamaño y complejidad. Hay un im- 
portante descenso de la población (Tainter 1988: 167) 
que algunos califican como desastre demográfico. La 
mayoría de los centros urbanos densamente pobla- 
dos son abandonados de forma permanente (Haug ef 
al. 2003: 1733). Este proceso se desarrolla pronta- 
mente y con rapidez en la región sudoccidental de 
Petén entre el 700 y el 730 d. C. Las aldeas empiezan 
a ser abandonadas, luego son destruidos los centros 
principales y las poblaciones se desplazan. Algunos 
como Altar de Sacrificios y Ceibal sobreviven en el 
siglo X mientras muchas ciudades-estado de las tie- 
rras bajas sudoccidentales se ven reducidas enorme- 
mente o quedan despobladas hacia el año 800 d. C. 
(Demarest 2013: 23). 

En la zona maya occidental, la inestabilidad con- 
tribuiría a la desintegración de la red comercial entre 
los años 760 y 800 de nuestra era. Como consecuen- 
cia, la mayoría de los reinos mayas occidentales del 
Clásico Tardío decaen y acaban siendo abandonados 
entre 800 y 810 d. C., antes que las principales ciu- 
dades mayas orientales de las tierras bajas centrales. 
Hacia el año 830 de nuestra era, las poblaciones de 
los grandes centros mayas de la cuenca de los ríos 
Pasión-Usumacinta, en el Petén sudoccidental, ha- 
bían desaparecido (Demarest y Fahsen 2003: 170, 
172). 

La deforestación avanza inexorablemente en Pe- 
tén. Dos Pilas, en la zona sudoccidental de esta re- 
gión, en las tierras bajas mayas, es uno de los primeros 
centros en sucumbir y ser abandonado hacia el 761 
d. C. También lo es Altar de Sacrificios, el cual deja 


de erigir monumentos alrededor del año 771 de nues- 
tra era. Se inicia una etapa de guerras interminables 
hasta el abandono de las ciudades. Este proceso se 
transmite lentamente a todas las tierras bajas. Según 
la epigrafía, surgen nuevos gobernantes que legiti- 
man su poder empleando el glifo de Dos Pilas-A gua- 
teca en medio de un proceso de «descentralización y 
desintegración política de las entidades dinásticas 
clásicas tradicionales» (Ponciano et al. 2013: 71) co- 
nocido como balcanización. En cambio, la ciudad 
de Cancuén, vinculada a Dos Pilas, experimenta un 
resurgimiento hasta c. 800 d. C. tras la caída de esta 
última, como ocurre con Naachtun (Forné et al. 2013: 
49). En esa misma región de las tierras bajas meri- 
dionales, se produce la caída de Aguateca provocada 
por un ataque hacia 810 d. C.,* siendo abandonada 
posteriormente (Ponciano et al. 2013: 68, 70). 

En el siglo VIII de nuestra era el mundo maya su- 
fre una fragmentación regional (Demarest y Fahsen 
2003: 166), un proceso de balcanización, guerras y 
desintegración de las entidades políticas, desencade- 
nado, en opinión de algunos, por la tendencia a la 
sequía. Se rompe la estabilidad dinástica de las mo- 
narquías teocráticas de las ciudades-estado, donde los 
reyes mayas son sumos sacerdotes y jefes militares 
simultáneamente. Hay evidencias para confirmarlo. 
Hacia 750 d. C., Piedras Negras se encuentra en su 
apogeo. En las tierras bajas, las ciudades mayas ex- 
perimentan un progresivo declive o un súbito colap- 
so frecuentemente vinculado a la devastación de la 
guerra. En Piedras Negras, el último gobernante cae 
prisionero de la ciudad enemiga de Yaxchilán en el 
año 808 d. C. El palacio real es arrasado por los in- 
vasores (Houston et al. 2001: 69, 70-71). Desde en- 
tonces, se inicia un declive y, entre 830 y 900 d. C., 
se acelera la decadencia, se reduce la población y la 
ciudad se transforma en un pequeño asentamiento ru- 
ral hasta su abandono final.*% 

En el escenario del Petén septentrional, la revolu- 
ción acontecida en Naachtun hacia el 800 d. C. aca- 
ba con el régimen teocrático e instaura un poder local 
que integra este centro maya en una red comercial a 
larga distancia, garantizando así su supervivencia du- 
rante más de 150 años. Naachtun se abandona defi- 
nitivamente después de 950 d. C. de forma sorpresiva, 
sin síntomas que anunciasen ese desenlace final, pues 


32 Aguateca y Dos Pilas formaban un mismo estado (Pon- 
ciano et al. 2013: 69). Tras la caída de Dos Pilas (761 d. C.), 
Aguateca resistió cincuenta años más. 

Piedras Negras sería otro ejemplo del hundimiento de la 
realeza maya como sistema político (Ciudad e Iglesias 2001: 
17) centrado en la monarquía teocrática y el palacio real. 


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reflejaba a nivel material «plena actividad y prospe- 
ridad» (Nondédéo ef al. 2013: 122, 138). 

Tanto Naachtun como Baking Pot, un pequeño rei- 
no en el alto valle del río Belice, aportan testimonios 
reveladores sobre los cambios sociales operados en 
el seno de la civilización maya durante la crisis eco- 
nómica del Clásico Tardío y las transformaciones que 
impulsó la conflictividad interna.* A pesar del des- 
poblamiento de las tierras bajas mayas centrales y 
meridionales a finales de dicho periodo, Baking Pot 
perdura tras el abandono del complejo palacial en el 
Clásico Terminal (800-900 d. C). Tanto nobles como 
plebeyos se adaptan a la nueva situación y a su cam- 
biante paisaje social con una estrategia similar a la 
de Naachtun. Desarrollan el intercambio mercantil 
interregional incluyendo artículos de lujo exóticos, O 
sea, el comercio a larga distancia de bienes suntua- 
rios (Hoggarth 2012). 

Durante el Clásico Tardío se fundan ciudades ma- 
yas en áreas geográficas periféricas. Tras un efímero 
esplendor acaban siendo abandonadas a finales del 
Clásico Terminal (Vidal y Muñoz 2013: 92). El pro- 
ceso de balcanización origina centros secundarios 
como La Joyanca o La Blanca. El primero, en la zona 
noroccidental de la región guatemalteca de Petén, 
alcanza su apogeo en el Clásico Tardío-Terminal (Ar- 
nauld et al. 2013: 149). Perduró más tiempo que La 
Blanca y se fue despoblando progresivamente a par- 
tir del abandono de esta, desde el 850 al 1050 d. C. 

Los pobladores en migración, procedentes de las 
grandes ciudades abandonadas del Petén nororien- 
tal, fundaron nuevos centros mayas. Es el caso de La 
Blanca en el valle del río Mopán (Petén, Guatema- 
la). Disfrutó su esplendor durante el Clásico Tardío 
hasta finales del mismo (c. 850 d. C.). Fue abando- 
nada sin mediar violencia, de forma planificada y or- 
denada, como consecuencia de la ruptura de la red 
comercial de la cual formaría parte cuando «la ines- 
tabilidad y el desasosiego se apoderaron de toda la 
región». A mayor abundamiento, a finales del siglo 
IX de nuestra era, la región de Petén sufre la desinte- 
gración paulatina de las alianzas que articulaban la 
red comercial fluvial de bienes suntuarios, afectando 
a todos los centros con independencia de su tamaño 
(Vidal y Muñoz 2013: 95, 100). 

En ese tiempo convulso del Clásico Terminal, la 
guerra cambia su naturaleza. Ahora es de conquista, 
exterminio y destrucción: se convierte en un instru- 


41 Se pueden añadir muchas más evidencias sobre la con- 
flictividad asociada al colapso de la civilización maya clásica 
en las tierras bajas (v. g. Inomata y Triadan 2013). 


mento eficaz para acabar con los enemigos y captu- 
rar sus recursos, sembrando la destrucción por don- 
dequiera. Ahora, a partir de la octava centuria de 
nuestra era, incendiar los edificios o profanar los 
monumentos deviene algo habitual. El expansionis- 
mo es una prioridad y el desarrollo del militarismo 
lo facilita. Se generaliza el emplazamiento estratégi- 
co y la fortificación de los sitios. Este cambio acele- 
ra el colapso y genera una nueva sociedad (Baudez 
2013: 321). 

Según Baudez (2013), los avances técnicos en la 
agricultura, el aumento de las tierras cultivadas y una 
extensa red comercial impulsaron un «crecimiento 
demográfico» sin precedentes que no pudieron sos- 
tener los recursos disponibles a finales del Clásico, 
mermados por un entorno degradado. La rivalidad 
entre las ciudades transformó las tensiones en con- 
flictos bélicos para «apoderarse de tierras y de bie- 
nes» y «destruir al enemigo». Ahora se aniquilan de 
forma sistemática los símbolos del poder (monumen- 
tos, inscripciones, imágenes reales) al tiempo que se 
edifican fortificaciones como en Dos Pilas o Agua- 
teca. Esas guerras, en vez de resolver los problemas, 
en especial los económicos, agravan la situación ge- 
nerando hambrunas, desplazamiento de la población 
y descenso demográfico. Las guerras de conquista y 
destrucción transformaron la sociedad maya. Tal 
como se aprecia en Chichén Itzá, el «soberano sigue 
siendo un ser mítico equiparado al sol» aunque su 
poder real es mucho menor y tiene que compartirlo 
con sacerdotes, una «élite político-militar» y el esta- 
mento guerrero (Baudez 2013: 322). 


Hacía una teoría unificada del 
colapso maya clásico 


Teniendo en cuenta las evidencias disponibles y 
las hipótesis más verosímiles, se puede proponer una 
teoría unificada del colapso maya clásico como mo- 
delo explicativo. No obstante, a la hora de acometer 
este reto resulta inevitable echar mano del paradig- 
ma climático, aun cuando se enfatice la verdadera 
naturaleza económica y social de un complejo y lar- 
go proceso de crisis con peculiaridades regionales. 
Tampoco puede ignorarse el rol de la superpobla- 
ción como uno de los motores causales del colapso. 
Más bien, se trata de articular todos los factores im- 


2 En base a su similitud con la situación imperante en el 
siglo XVI, las epidemias asociadas a esas sequías habrían po- 
dido contribuir a la pérdida masiva de población durante ese 
periodo (Acuña-Soto et al. 2005). 


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bricados en el proceso en su justa medida según las 
evidencias que los corroboren. Ahora bien, a la luz 
de las pruebas aportadas por el registro funerario 
mesoamericano, “resulta innegable la base económi- 
ca del colapso. Una crisis de esa naturaleza, sobre la 
cual es preciso poner el foco, afectó a todos los cen- 
tros redistribuidores mayas. Hay que aislar las cau- 
sas de esa contracción aunque la coyuntura adversa 
de la producción y el comercio afectase de desigual 
manera a sitios y regiones. 

Curiosamente, la gran guerra internacional entre 
Tikal y Calakmul coincide perfectamente con la de- 
cadencia y ocaso de Teotihuacan. Hay un desfase de 
un siglo entre la caída de Teotihuacan hacia el 650 y 
el comienzo del declive de las ciudades mayas occi- 
dentales alrededor del 760. Recordemos la gran pros- 
peridad de esa época —el Clásico Temprano de los 
siglos VI y Vll— unida a la más baja desigualdad 
social de toda la serie temporal y la ausencia de con- 
flictividad interna. 

A partir del 750 de nuestra era y hasta el final del 
Clásico Tardío, el cambio climático se convierte en 
detonante de una reacción en cadena que acabará con 
la civilización maya clásica. Los problemas medio- 
ambientales serían la chispa que inició el incendio, 
desatando una etapa extraordinariamente conflictiva 
de ocaso con colapso final. La evidencia de la enor- 
me conflictividad observada a partir del registro fu- 
nerario así lo indica. Esta alteración severa del medio 
natural repercutiría negativamente sobre la produc- 
ción de alimentos. En otras palabras, el empeoramien- 
to de las condiciones medioambientales mermaría las 
cosechas. El extraordinario crecimiento hasta enton- 
ces experimentado por la población maya obligaría a 
incrementar los recursos mejorando el rendimiento 
de los ya existentes o consiguiendo nuevas tierras 
para sostenerlo. De hecho, la competencia por los 
recursos disponibles juega un papel esencial en la 
dinámica del proceso. La deforestación aumenta, con- 
tribuyendo a la degradación del entorno. Y las se- 
quías prolongadas impactan sobre una población 
excesiva provocando una crisis de subsistencia que 
desata violentos conflictos. 

Se rompe el equilibrio entre el crecimiento demo- 
gráfico y los recursos disponibles para sostenerlo, ley 
básica en el desarrollo de las sociedades. Ante la fal- 


% William L. Rathje (1970, 1973) estudió el cambio cultu- 
ral a través de tumbas mayas aunque, a pesar de abordar la 
cuestión de una forma innovadora para la época en que tuvo 
lugar, no arrojó luz sobre los fenómenos sociales aquí estudia- 
dos (fluctuaciones económicas, cambios sociales). 


ta de recursos, la respuesta a esa superpoblación sue- 
le generar migraciones masivas para ajustar el exce- 
dente demográfico. Es una constante histórica (v. g. 
Izquierdo-Egea 2011: 13; 2012a: 90). Cabe matizar 
que, tras la descomposición o desintegración de la 
superestructura ideológica del régimen clásico, sub- 
yace la continuidad de la infraestructura económica. 
De hecho, subsisten los centros menores y, sobre todo, 
muchas aldeas. 

La búsqueda de nuevas tierras para alimentar a una 
población excedentaria habría contribuido a generar 
conflictos resueltos mediante guerras. Estos ocasio- 
naron el abandono de muchas ciudades y la migra- 
cion de sus habitantes hacia otras zonas. Si añadi- 
mos a esta dispersión demográfica las prolongadas 
sequías cíclicas antes mencionadas, tendremos otro 
elemento de tensión permanente catalizando una con- 
flictividad generalizada. El estamento plebeyo, el más 
numeroso y desfavorecido, sería el más perjudicado 
en tales circunstancias. El registro funerario del Bal- 
sas permite observar cómo crece sensiblemente la 
desigualdad social en este tiempo. Es una situación 
inestable generada por la crisis económica: afloran 
serias contradicciones en el seno de una sociedad don- 
de se dispara una conflictividad interna resuelta me- 
diante cambios sociopolíticos de envergadura. 

Entrando de lleno en la dimensión social del co- 
lapso, las tensiones subyacentes pudieron haberse 
transformado en una lucha abierta de estamentos, ali- 
mentada por las dificultades ambientales y su reper- 
cusión sobre el suministro de alimentos necesario 
para sostener el crecimiento de una población enor- 
me. Además de las evidencias antes referidas, se pue- 
den sumar otras a la tesis de la lucha social entre 
nobles y plebeyos durante la transición del Clásico 
al Posclásico. Es el caso del valle inferior del río Ver- 
de, Oaxaca, México; donde los plebeyos rechazaron 
las instituciones y los símbolos de la ideología do- 
minante en el estado del Clásico Tardío, reinterpre- 
tando aquello que reutilizaron (Joyce ef al. 2001: 
343). 

La crisis de la realeza divina o sagrada entre los 
mayas clásicos es resultado del conflicto social des- 
atado en ese momento de depresión económica. Ca- 
racteriza al segundo y más famoso de los tres colap- 
sos mayas (Rice 2013: 12). Es consecuencia de las 
penurias soportadas por una empobrecida mayoría 
de plebeyos sobre la cual impactaría la escasez de 
alimentos, frente a una minoría de nobles todavía más 
opulenta en plena crisis según pone en evidencia el 
análisis de las ofrendas de los entierros del Balsas. 
Lo lógico es esperar que en contextos de aguda crisis 


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económica y tensiones sociales —con un paisaje so- 
cial tan convulso— se redujesen los gastos ceremo- 
niales, suntuarios y las mismas Obras públicas, como 
así fue, O la misma propaganda jeroglífica de un ré- 
gimen teocrático amenazado de muerte como se ve 
en Aguateca y otros sitios (Ponciano ef al. 2013: 68). 

La nueva naturaleza de la guerra, el desarrollo del 
militarismo, las fortificaciones para protegerse del 
enemigo exterior y el expansionismo serían propi- 
ciados por la falta de recursos y la imperiosa necesi- 
dad de obtenerlos a cualquier precio. Asistimos a la 
génesis de un panorama desolador marcado por en- 
frentamientos permanentes para arrebatar a otras ciu- 
dades los recursos a sangre y fuego. Asimismo, las 
guerras podrían haber servido para canalizar el des- 
contento popular nacido al calor de una crisis econó- 
mica que incrementa de forma destacada la desigual- 
dad social. De hecho, habrían permitido reconducirlo 
y controlarlo, implicando a buena parte de esa masa 
popular a la hora de conquistar nuevas tierras y de- 
fender las existentes de otros atacantes. 

En definitiva, se infieren tres fenómenos observan- 
do el registro funerario: crisis económica, desigual- 
dad social y conflictividad. Una ecuación explosiva. 
Tres factores fundamentales para entender lo que está 
pasando. Si el incremento de la desigualdad social es 
consecuencia de la crisis económica y ambos gene- 
ran una clara conflictividad interna, los pormenores 
de todo este proceso solo pueden apreciarse tenien- 
do en cuenta todas las fuentes arqueológicas. Recor- 
demos que las pistas ofrecidas por el registro funera- 
rio son bien claras en situaciones conflictivas: surgen 
contradicciones cuando crecen las diferencias socia- 
les en un contexto de crisis económica, expresando 
una conflictividad interna que bien pudo haber pro- 
vocado estallidos sociales. 

El caldo de cultivo de esa conflictividad está en la 
superpoblación. La población crece demasiado y fal- 
tan recursos para sostenerla (tierras, alimentos). Pro- 
voca la degradación de un entorno sobre el cual 
impacta el cambio climático con sus prolongadas 
sequías.* Las malas o escasas cosechas obtenidas 
acarrean la escasez de alimentos, la consiguiente des- 
nutrición y la amenazante hambruna derivada, tras la 
cual se proyecta la mortífera sombra de las enferme- 
dades y las epidemias. Así, esta cadena de aconteci- 


4 Unas condiciones climáticas adversas generan prolonga- 
das sequías cíclicas que repercuten negativamente sobre el 
medio natural, es decir, sobre las tierras donde se practica la 
agricultura como actividad principal en la producción de ali- 
mentos. 


mientos —superpoblación, deforestación, sequías 
persistentes— no solo conduciría a una inevitable 
conflictividad social, plagada de enfrentamientos y 
guerras, sino que contribuiría a una drástica reduc- 
ción de la población pagando un elevado tributo en 
vidas humanas. 

A mayor abundamiento, a fin de atajar ese peli- 
gro, se respondería impulsando una conflictividad 
externa (guerras, militarismo, expansionismo) con 
doble objetivo: neutralizar la inestabilidad interna* 
y conseguir recursos externos por la fuerza* para aca- 
bar con el descontento popular. Se rompe el inesta- 
ble equilibrio hasta entonces imperante. El sistema 
de alianzas que mantenía la paz entre las ciudades 
mayas salta por los aires. De hecho, esto ya ocurre 
desde el mismo momento en que se produce el co- 
lapso de Teotihuacan. Sangrientas guerras arrasan 
las tierras de los mayas, que experimentan un proce- 
so de balcanización. Desciende significativamente 
la población. Este clima de violenta inestabilidad 
rompe la red comercial o la reestructura. Sin embar- 
go, esa compleja dinámica, esa huida hacia delante, 
acaba poniendo fin a la civilización maya clásica de 
forma progresiva. 


La transición del Posclásico 
Temprano (c. 900-1200 d. C.) 


Llama la atención el tamaño de la muestra. Es el 
mayor de toda la serie. Ahora bien, como ya se co- 
mentó anteriormente, plantea dudas su atribución a 
una explosión demográfica en la cuenca del Balsas 
frente a una tendencia de descenso de la población 
en el resto de Mesoamérica. También podríamos con- 
templar esa muestra tan amplia como consecuencia 
de una gran mortalidad debida a las guerras y epide- 
mias ligadas a la crisis del Clásico Tardío, pero la 
leve mejoría de la economía puede contradecir esa 
posibilidad. 

El Posclásico Temprano representa un punto de 
inflexión. Se invierte la tendencia del periodo ante- 
rior. Ahora se detecta una ligera recuperación eco- 
nómica respecto a la gran crisis del Clásico Tardío. 
Sigue aumentando la desigualdad social, aunque mu- 
cho menos que en el Clásico Tardío, y el peligro de 


Se daban las condiciones para gestar y generar estallidos 
en el seno de una sociedad estamental tremendamente desigual. 

46 Para solventar el problema de la escasez, hacen falta más 
tierras de cultivo y cosechas pero la forma más rápida de obte- 
nerlas es quitándoselas a otros. Por ello, ahora cobra protago- 
nismo el expansionismo militar. 


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la conflictividad interna se reduce notablemente pero 
aún se mantiene alto (vide supra tabla 1)." 

En cuanto al clima, el registro de la cueva Yok Ba- 
lum en Belice indica una prolongada sequía entre 
1020 y 1100 d. C. (Kennett ef al. 2012). Sin embar- 
go, los sedimentos del lago Petén Itzá, en las tierras 
bajas mayas del norte de Guatemala, muestran una 
recuperación del ecosistema tropical durante el Pos- 
clásico Temprano (1000-1200 d. C.). Es decir, las 
selvas de la región de Petén se recuperaron después 
de haber soportado anteriormente la presión de una 
elevada población y la intensa actividad agrícola aso- 
ciada (Mueller et al. 2010). 

Tras la balcanización que siguió al colapso de Teo- 
tihuacan y la civilización maya clásica, surgieron los 
señoríos posclásicos, pequeñas entidades políticas 
(Carballo y Pluckhahn 2007). Durante la fase Maza- 
pán (c. 900-1000 d. C.), en el valle de Teotihuacan 
conviven varios centros y entidades políticas y la po- 
blación que ocupa las ruinas de la otrora gran urbe 
desciende hasta los 5.000-10.000 individuos (Elson 
y Mowbray 2005: 199. En la fase Atlatongo (c. 1000- 
1100/1150 d. C.), el valle fue incorporado a la esfera 
de influencia de Tula (Elson y Mowbray 2005: 199). 
Precisamente, el tercer colapso de la civilización 
maya en las tierras bajas norteñas es situado a finales 
del Posclásico Temprano (1100-1200 d. C.), tras la 
caída de Chichén Itzá (Rice 2013: 12). 

La ciudad y estado de Tula, capital de los toltecas, 
alcanza su máxima expansión entre los años 900- 
1150 d. C. Entonces abarcaba una superficie de 11 
km? y contaba con una población entre 30.000 y 
40.000 personas. En esa época es cuando cae el valle 
de Teotihuacan bajo control de Tula, cuyo ocaso co- 
mienza a partir del año 1150 (Elson y Mowbray 2005: 
199; Tainter 1988: 13). 

Durante el Posclásico Temprano disminuye la re- 
lación con los toltecas del centro de México en las 
ofrendas de los entierros del Balsas. Se mantienen 
los vínculos norteños con Michoacán y Jalisco o Co- 
lima. Desaparece el contacto sureño y predomina la 
influencia de Occidente. Con el desarrollo autócto- 
no de la minería y metalurgia del cobre, cobra rele- 
vancia regional la confluencia de los ríos Balsas y 
Tepalcatepec (Maldonado 1980: 132). 


47 Con estos parámetros pudiera parecer más factible la po- 
sibilidad antes señalada (cf. nota 6) de un desarrollo demográ- 
fico autóctono, diferenciado de la tendencia general seguida 
por las principales regiones mesoamericanas en ese tiempo. 
No obstante, solo futuras investigaciones capaces de aportar 
datos de todas partes podrán aclarar esta cuestión. 


La recuperación del Posclásico 
Tardío (c. 1200-1520 d. C.) 


Se inaugura una nueva época de gran prosperidad 
económica, desciende la desigualdad social y cae la 
conflictividad (vide supra tabla 1). El Posclásico 
Tardío en el Balsas, a la sombra del Imperio tarasco, 
no fue una época oscura para la región. Todo lo con- 
trario. Observando estadísticamente el registro fune- 
rario, se infiere un gran auge equiparable al del Clá- 
sico Temprano. El Imperio tarasco de principios del 
siglo XVI fue el segundo más poderoso de Centro- 
américa después del de los mexicas (Pollard 2004: 
117). Los tarascos se expandieron por la cuenca de 
los ríos Balsas y Tepalcatepec entre los años 1370 y 
1460. Esa frontera meridional sería atacada por los 
aztecas en la década de 1480. Aparentemente, todos 
los sitios pierden importancia. Se observa una com- 
pleta presencia tarasca en algunos de ellos mientras 
que otros antaño muy relevantes dejan de serlo ahora 
(Maldonado 1980: 132; Pollard 2004: 122, 123). 

A pesar de episodios como la sequía de mediados 
del siglo XV registrada en documentos posclásicos y 
en la estalagmita de una cueva de Belice (Webster et 
al. 2007), en la Mesoamérica oriental de las tierras 
bajas, la Pequeña Edad de Hielo iniciada a comien- 
zos del siglo XIV trajo más humedad y bosques más 
densos. El mínimo de Spórer en la actividad solar 
coincide con el final del Posclásico Tardío. Se redu- 
ce la estación seca y la vegetación tropical se expan- 
de gracias a mayores precipitaciones invernales 
(Lozano-García et al. 2007: 16201). De nuevo, la me- 
teorología parece ir ligada a los caprichos de la acti- 
vidad solar. Estas condiciones favorables permitirían 
una vez más la expansión de la agricultura y la acti- 
vidad comercial. 

Tras el colapso de Tula a partir del 1150 (Tainter 
1988: 13), otras entidades políticas menores se desa- 
rrollan en la cuenca de México y el valle de Teoti- 
huacan. En este último, hubo varias ciudades-estado 
en el siglo XV. Cuando llegaron los españoles, en la 
ciudad de Teotihuacan residían 10.000 personas y el 
valle estaba densamente poblado, acumulando más 
de 100.000 habitantes (Elson y Mowbray 2005: 199). 
Tras el colapso del estado de Monte Albán en el Clá- 
sico Tardío, la sociedad del valle de Oaxaca se frag- 
menta y reorganiza políticamente hasta emerger la 
poderosa ciudad-estado de Dainzú-Macuilxóchitl en 
el Posclásico Tardío (Faulseit 2012: 401). 

En el siglo XVI tiene lugar un despoblamiento 
masivo, perdiéndose entre un 80 y un 90 % de la 
población indígena. Fue una de las más grandes ca- 


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tástrofes demográficas de la historia de la humani- 
dad. Aunque las enfermedades europeas y africanas 
importadas causaron una elevada mortalidad entre la 
población nativa, las mayores pérdidas de población 
fueron provocadas por una serie de epidemias de fie- 
bre hemorrágica, una enfermedad letal desconocida 
para los médicos aztecas y europeos. Estas epidemias 
tuvieron lugar durante una gigantesca sequía (Acu- 
ña-Soto et al. 2005). 


CONCLUSIONES 


El presente estudio reconoce la trascendencia del 
cambio climático como paradigma o motor causal 
aunque no asume su exclusividad a la hora de expli- 
car el colapso de las civilizaciones mesoamericanas. 
Más bien, enfatiza el papel de los procesos sociales 
en la génesis del mismo en la línea sostenida por 
Middleton (2012). La investigación aquí expuesta ha 
demostrado de forma fehaciente, con sólidas eviden- 
cias, la fecundidad teórica de la arqueología de las 
fluctuaciones económicas, los cambios sociales y la 
conflictividad social. Son fenómenos perfectamente 
observables a nivel estadístico en el registro funera- 
rio —donde quedaron codificados en la composición 
de las ofrendas de los entierros— aplicando un mé- 
todo rigurosamente científico, el de la valoración con- 
textual, gracias al cual fue posible obtener resulta- 
dos sumamente significativos. No cabe la menor duda 
de que este minucioso enfoque contribuirá a recons- 
truir con singular relevancia el pasado de la Meso- 
américa prehispánica, no solo desde una zona relati- 
vamente periférica sino desde cualquier otra región 
donde pueda aplicarse su metodología. 

En todo caso, al descifrar la información econó- 
mica y social contenida en esas ofrendas, vemos que 
la población de la cuenca del río Balsas, representa- 
da en los entierros estudiados, vivió los mismos gran- 
des acontecimientos que afectaron a toda Mesoamé- 
rica. Con tal contundencia hay que afirmarlo dada la 
solidez de las pruebas aportadas. En otras palabras, 
el registro funerario de esa región mexicana archivó 
en los ajuares de los difuntos los efectos de las fluc- 
tuaciones económicas y los cambios sociales asocia- 
dos que afectaron a la Mesoamérica prehispánica. 

El análisis del gasto funerario de la cuenca del río 
Balsas (Michoacán-Guerrero, México), en concreto 
de la serie de ofrendas procedentes de los entierros 
de la presa del Infiernillo, arroja sorprendentes re- 
sultados. Permite descifrar las claves fosilizadas en 
el registro mortuorio coincidentes con los eventos 


más relevantes del pasado prehispánico de Mesoamé- 
rica. 

1. Durante el Preclásico Tardío (c. 400 a. C.-150/ 
200 d. C.), Mesoamérica experimenta un colapso de 
naturaleza social. A pesar de la extraordinaria bo- 
nanza económica ahora registrada respecto al Pre- 
clásico Medio, se dispara enormemente la desigual- 
dad social. Este fenómeno coincide con el primer 
colapso de la civilización maya. La crisis social es 
un fenómeno generalizado en toda Mesoamérica, pero 
el colapso propiamente dicho se circunscribe al mun- 
do maya y se fecha entre el 100 y el 250 de nuestra 
era, o sea, a finales del Preclásico Tardío. Lo cual 
parece indicar que fue en la región maya donde la 
desbocada desigualdad social no pudo controlarse. 
Acaso porque ahí es donde podría haber incidido con 
especial virulencia un cambio climático desfavora- 
ble, una sequía persistente que redujo las cosechas 
favoreciendo el descontento popular y el enfrenta- 
miento entre distintas entidades políticas mayas por 
los recursos básicos, como ocurriera más tarde en el 
Clásico Tardío. 

2. Tras el colapso social del Preclásico Tardío, el 
Clásico Temprano (c. 150/200-650 d. C.) trae una 
gran prosperidad a toda Mesoamérica, la mayor re- 
gistrada en tiempos prehispánicos, si bien manifies- 
ta una continuidad y culminación de la tendencia del 
periodo anterior. Sobresale, además, la menor des- 
igualdad social de toda la serie temporal, lo cual in- 
dica una redistribución más equitativa de la riqueza, 
y un bajísimo nivel de conflictividad. Teotihuacan 
fue beneficiario del ocaso de otras civilizaciones que 
sucumbieron al final del Preclásico Tardío, como los 
mayas de ese tiempo. Extendió su influencia hacia el 
área maya durante el Clásico Temprano, la época de 
mayor prosperidad registrada en el Balsas prehispá- 
nico. Á su vez, el colapso teotihuacano facilitó la 
emergencia de nuevos estados mesoamericanos o el 
auge de la civilización maya clásica. Sin embargo, 
estos acabaron decayendo más tarde tal como lo ha- 
bía hecho la gran urbe. 

3. Desde principios del Clásico Tardío (c. 650-900 
d. C.) hasta finales del mismo, se suceden los ocasos 
y colapsos de las civilizaciones mesoamericanas: 
Teotihuacan (desde finales del Clásico Temprano), 
Monte Albán, los mayas clásicos. Las ofrendas de 
los entierros del Infiernillo en el río Balsas muestran 
en ese tiempo una gran crisis económica agravada 
por un notable incremento de la desigualdad social y 
una galopante conflictividad interna. El colapso del 
Clásico Tardío, más que un proceso lento, es una re- 
acción en cadena de efecto retardado que inicia el 


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ocaso teotihuacano, pasa a Monte Albán y luego al- 
canza el mundo maya clásico. Son parámetros fun- 
damentales de su ecuación la superpoblación y el 
cambio climático a través del impacto de este último 
sobre el medio natural. Se produce cuando se rompe 
el equilibrio entre la población y los recursos dispo- 
nibles para sostenerla con la intervención del clima 
como factor exógeno. La conflictividad resultante, 
expresada mediante revoluciones o guerras, no es más 
que la consecuencia de dicha circunstancia cuando 
fallan los mecanismos reguladores internos de una 
formación social. 

4, El Posclásico Temprano (c. 900-1200 d. C.) 
experimenta una ligera recuperación económica. Si- 
gue aumentando la desigualdad social, aunque mu- 
cho menos que en el Clásico Tardío, y la conflictivi- 
dad interna disminuye notoriamente pero se mantiene 
alta. Se recupera el ecosistema tropical y surgen los 
señoríos posclásicos tras la balcanización que suce- 
de al colapso teotihuacano y de la civilización maya 
clásica. El valle de Teotihuacan cae bajo control de 
Tula, capital de los toltecas, cuyo ocaso comienza a 
finales del Posclásico Temprano, al igual que el ter- 
cer colapso de la civilización maya, tras la caída de 
Chichén Itzá. 

5. El Posclásico Tardío (c. 1200-1520 d. C.) es una 
época de gran prosperidad económica, de gran auge 
equiparable al del Clásico Temprano. Se reduce la 
desigualdad social, lo cual implica una redistribución 
más equitativa de la riqueza como ocurre en el pri- 
mer periodo clásico. También disminuye la conflic- 
tividad interna. Los tarascos se expanden por la cuen- 
ca de los ríos Balsas y Tepalcatepec. La Pequeña Edad 
de Hielo trae más humedad y bosques más densos. 
Estas condiciones favorables permiten nuevamente 
la expansión de la agricultura y el comercio. Sin em- 
bargo, en el siglo XVI tiene lugar un despoblamien- 
to masivo. Fue una de las más grandes catástrofes 
demográficas de la historia de la humanidad. 


Reflexión final 


Quizás el corolario más contundente que se des- 
prende de todo lo anterior es que descubrimientos 
tales como que el colapso de las civilizaciones meso- 
americanas del Clásico Tardío —Teotihuacan, Monte 
Albán y los mayas clásicos— quedó registrado en 
las ofrendas de los entierros de la cuenca del río Bal- 
sas, en tierras mexicanas, constituyen pruebas irre- 
futables a la hora de confirmar la validez universal 
de la teoría y metodología empleadas. 


Adenda 


A raíz de la acertada revisión efectuada por el Dr. 
Jesús Carlos Lazcano, se despejó una contradicción 
detectada en el modelo propuesto para explicar el 
colapso maya clásico. También conviene aclarar que 
resulta imposible precisar más la cronología emplea- 
da. No se pueden observar las oscilaciones económi- 
cas de corta duración y hay que conformarse con con- 
templar las fluctuaciones que abarcan varios siglos. 
En otros contextos, como los europeos, es posible 
afinar la periodización hasta intervalos mínimos de 
unos 25 años (una generación) o máximos de 50. 


Agradecimientos 


A María Teresa Cabrero, Jesús Carlos Lazcano y 
Joyce Marcus por sus comentarios y críticas a la hora 
de revisar el manuscrito original. 


Sobre el autor 


PASCUAL IZQUIERDO-EGEA es director y editor de la 
revista Arqueología Iberoamericana. Se doctoró en 
la Universidad Autónoma de Barcelona (1993). Su 
principal línea de investigación se centra en el estu- 
dio de las fluctuaciones económicas y los cambios 
sociales en la Antigúedad, mediante el método de 
valoración contextual de los ajuares funerarios. En- 
tre sus descubrimientos más relevantes, se cuentan 
los ciclos económicos de la civilización ibérica y las 
devaluaciones monetarias de época romana codifi- 
cadas en el registro mortuorio. En la actualidad, pro- 
sigue el análisis de numerosos cementerios fenicios, 
tartesios, griegos, íberos, celtíberos, galos, romanos 
y mesoamericanos en el Laboratorio de Arqueolo- 
gía Teórica (Graus, España). Ha publicado recien- 
temente un libro sobre la arqueología económica de 
los ajuares funerarios: Economic Archaeology of 
Grave Goods (2012). La presente investigación se 
inició en noviembre de 2013. 


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